miércoles, 4 de octubre de 2017

Mente en blanco.

Despejar la mente, sentarte en aquel banco frente a Richmond Park, tomarte un té con vistas a la Puerta de Brandenburgo, un paseo por los bosques que rodean mi casa o tomar una cerveza en uno de los tantos pubs irlandeses que solíamos frecuentar. 

Intentar relajarte, bañeras llenas de espuma que te transportan al fondo del océano, aromas de velas que son capaces de llevarte lugares exóticos, canciones y ritmos que calman cada parte de tu ser. Masajes que te envuelven, y cremas que te dejan flotando entre nubes. 

Si viviésemos entre nubes, quizás todo sería más fácil. Olvidaría el perfume cítrico que solías utilizar y quizás no me acordaría de ti cada vez que escribo, que me pongo a pensar y dejo que las palabras se unan en las tantas libretas que se acumulan en mi estantería. 

Desearía dejar la mente en blanco, y no que trabajase durante todo el día mirando y velando por los demás. Y es que uno se acaba sobrecargando con los problemas de otros, dejando su propia vida de lado. Preocupándose por solucionar cada pequeña situación sin querer entender que no siempre se puede. 

¿Y quién nos escucha a nosotros? Quizás quien se atreva a tomar una cerveza con nosotros, o quien no se pase el día criticándote y juzgándote por cada estupidez que cometas. Tal vez alguien que no se canse ni crea que eres una pesada cuando alguna que otra vez soltemos una queja. 

Que no siempre serán días de color rosa, y no todas las noticias y bromas nos las tomaremos de la misma forma. Que las llamadas se conviertan en sonrisas,  al final sea tu voz y tu presencia la que haga que por unos instantes despeje la mente, que todo se disuelva en una simple cortina de humo y niebla. 

Instantes relajantes, donde no haya ningún tipo de preocupación. Ojalá no nos dejáramos llevar por nuestras propias inseguridades, por esos miedos que se asoman debajo de la cama o por las ranuras de los armarios. Desearíamos poder caminar con paso firme y no estar mirando hacia atrás para recordar cada fallo y cada error. 

Dejar de lado las decepciones, los malos momentos, los llantos provocados por quienes poca importancia nos han dado. Ahora los vemos por la calle y por educación toca saludar, por ser estúpidos también. Y otra vez estamos aquí, dándole vuelta a asuntos que ya no valen la pena, pero que no nos dejan despejar la mente. 

Seguir escribiendo, seguir ordenando ideas, tachando otros escritos. Dejando ideas en el tintero, y secretos que me guardo para mí. Descifrar los mensajes ocultos y recordar cada café que he tomado, pero no contar quien me ha acompañado en cada aventura, en cada secreto. Seguiremos intentando despejar la mente mientras cada paseo se convierte en un bonito recuerdo. 


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