¿Estás bien?¿Estás mal?¿Cómo estás?
Antes tenías las respuestas idóneas a estas preguntas. Podías contestar con un simple sí, un mero no, un bien o un prefiero no hablar de ello. Antes podías fingir que todo estaba bien, podías sonreír y hacer como si nada pasara. Antes...
Ahora ya no sabes la respuesta. Ahora tan solo te dedicas a mentir o a ocultar la verdad. Prefieres decir que estás cansada o que quizás estás agobiada y pensando y reflexionando sobre como organizar las semanas estresantes que te vienen por delante. Ahora mentimos.
No es que no queramos hablar, ni expresar aquello que nos pasa. Sencillamente, es que sabemos que a la mínima explotaremos y dejaremos al descubierto todos nuestros sentimientos.
Si hablo, si me expreso, el miedo y el dolor aparecerán. Todo aquello que intento ocultar, todo aquello que intento que se mantenga tras el resistente muro saldrá.
Las lágrimas empezarán a salir, si es que no lo hacen ya. No podré evitarlo. Es tan difícil mantenerte fuerte, que a veces un mínimo comentario provoca que sea esa pequeña gota que colmó el vaso. Quizás sea un comentario estúpido, pero tú estás en horas bajas...
No estás bien, no puedes mentir. No puedes engañarte a ti misma y tampoco a los demás. No lo puedes hacer. No puedes fingir. No puedes. Sin embargo, lo haces.
A veces, los abrazos son los únicos capaces de arreglarlo todo. Alguien que te apoye incondicionalmente y que no haga preguntas. Alguien que estaba ahí antes y que lo está ahora; tú.
Ojalá estuvieras aquí, ojalá me abrazarás como siempre lo haces. Ojalá pudieras sin que nada se malinterpretara. Ojalá. Pero, es imposible. No hay manera de que tus abrazos vuelvan a mí provocándome esa sensación de evasión.
Quizás si me recordaras que me quieres, quizás si me recordaras que te importo... Quizás esto acabe antes e incluso ahora.
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